Después de haber leído referencias sobre la calidad literaria del último premio Goncourt, que además recibió la medalla de oro de
Es cierto que es un libro ambicioso, el inicio es cautivador, con la confesión del oficial nazi convertido en un respetado empresario francés de su total fatal de sentimiento de culpabilidad por las acciones que realizó durante la guerra.
La aparición del personaje en la vorágine del frente ruso es muy cinematográfica, en la senda establecida por Spielberg en Salvar al Soldado Ryan, ya que, después de un inicio calmado, nos vemos dentro del caos de la guerra, rodeados de movimientos de tropas, de ruido de bombardeos, etc, en fin lo que ya tenemos dentro de nuestros subconscientes cuando nos imaginamos una acción bélica.
A partir de ahí, el libro pierde gran parte del interés, y te asusta la perspectiva de casi 1.000 páginas. Hay pasajes que se leen del tirón, con una fuerza cautivadora. El principal mérito del libro (ayer había un artículo en El País que hablaba de la fuente que Littel había usado como ejemplo a seguir) es el tono frío, calculador, metódico, exhaustivo en los datos y en las fuentes, un poco agotador en los nombres y en los rangos de los militares y miembros de las SS. Relata cómo los nazis, con la guerra perdida, o incluso cuando parecían que la tenían ganada, dedicaban un esfuerzo material y personal enorme con el fin de lograr
Decía Muñoz Molina, a propósito de La Lista de Schindler, que los momentos más terroríficos de la película era cuando los nazis desplegaban su burocracia, cuando ante cualquier tren con destino a los campos, o ante cualquier registro de viviendas, lo primero que se desplegaban eran los oficinistas con máquinas de escribir dispuestos a clasificar y hacer listas. Pues bien, en este punto es donde la novela alcanza sus mayores aciertos. En cambio, cuando el protagonista describe sus relaciones afectivas o sexuales, o en largos, larguísimos pasajes donde cuenta sus delirios febriles, Las Benévolas es un libro incoherente, alargado, aburrido, sobrevalorado.
Y la pena es que el tono de estas partes prima hacia el final de la novela y hace que el regusto que queda al terminar la lectura sea decepcionante, con un final, que después de 975 páginas se ve atropellado y mal resuelto. En esta viñeta, y para los impacientes, hay una descripción auténtica de una escena del final; parece mentira que tras la lectura de la misma a alguien se le haya ocurrido siquiera nombrar a este libro candidato a algún premio.
Por cierto, el libro se estructura según las distintas partes de un concierto barroco, pero mis conocimientos musicales no llegan a entender las diferencias de tono entre las distintas partes, aunque creo que es una división totalmente artificial.
Como más de una vez he comentado con Amador, me he equivocado de libro gordo sobre la II Guerra Mundial.
Entrevista de Jesús Ruiz Mantilla.
2 comentarios:
En fin, yo lo dejé...no sé si lo retomaré, porque me da susto...además, tengo ya vida y destino en la recámara. Ahora estoy con el último de Ian McEwan...está muy bien, y es cortito, yo creo que no llega ni a las 200 páginas de una letra grande, jeje. se agradece. Besos.
Ya me lo pasarás.
Ayer, día del libro, compré Vida y destino, espero poder acabarlo.
Si quieres que te recomiende algo sobre Las Benévolas, no lo termines, no creo que merezca la pena.
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